Domenica, 17 Dicembre 2017
Lunedì 10 Marzo 2014 22:40

¿Voto de pobreza o de compromiso por la justicia? (Frei Betto)

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Si debemos estirpar la causa de la pobreza, ¿tiene sentido todavía hablar de voto de pobreza? ¿No es una contradicción el voto de pobreza de los religiosos refugiados en órdenes y congregaciones ricas...

El voto de pobreza es constitutivo de la Vida Religiosa. Pero la Vida Religiosa no es una invención cristiana. Seis siglos antes de Cristo ya existía entre los pitagóricos griegos. Budistas, vedas e hindues, lamaístas y esenios, ya vivían en comunidades c onsagradas mucho antes que Jesús naciera en Nazaret. No se puede vivir en comunidades si no es mediante la comunión los bienes. Esto vale tanto para los religiosos como para los hombres y las mujeres que se unen en matrimonio. En el matrimonio lo que es d e uno es del otro. En la comunidad religiosa, lo que es de uno es de todos. Por más que la Iglesia católica, en cuanto institución, tenga una cabeza neoliberal, en sus seminarios y conventos predomina el régimen socialista. Alimento, espacios, libros, equ ipos, aparatos electrodomésticos, vehículos y hasta el dinero son compartidos entre todos. Pero, tales cosas no serían posibles si no hubiera en cada miembro de la comunidad una disposición de pobreza.

El 8 de septiembre de 1993, fiesta de la Virgen de la Caridad, patrona de Cuba, los obispos de ese país han divulgado un documento muy crítico contra el régimen liderado por Fidel Castro. Denuncian la creciente migración de cubanos hacia el exterior. L os obispos no ignoran que la causa principal es la dificultad económica fruto del bloqueo comercial impuesto por el gobierno de Estados Unidos y la desaparición del socialismo en el Este europeo, que tanto favorecía a la economía de Cuba. Lo que el docume nto no registra es que el éxodo hacia los países desarrollados es un fenómeno mundial. Cerca de 10% de la población de Estados Unidos es de latino-americanos. Son 23 millones y dentro de diez años serán 43. La razón es la misma por la que se explica que l a mayoría de los candidatos al sacerdocio que ingresaron en el seminario de la Habana en los últimos 15 años no han llegado a la ordenación: no es fácil soportar la pobreza y vivir la comunión de bienes. El capitalismo resuena fuertemente en lo que tenemo s de más perverso: el egoísmo. A través de los medios de comunicación, transidos de consumismo, el capitalismo despierta en nosotros ambiciones, apegos, deseos e ilusiones que inducen a buscar seguridades personales y confort. Es verdad que, muchos se van de los países de América Latina debido a la creciente miseria. No es el caso de Cuba, pero las dificultades económicas y la influencia de la programada "american way of life" vuelven insoportable la vida en la Isla para aquellos que ponen sus ambiciones personales por encima de los intereses colectivos.

De la dependencia a la "prescindencia"

Lo que caracteriza a América Latina es la pobreza de su población. Datos del Banco Mundial divulgados en septiembre de 1993 informan que, de 1980 a 1990, la pobreza absoluta (= renta mensual menos de 25 dólares) creció en el Continente del 26,5% de la pob lación al 31,5%. De los 415 millones de latinoamericanos, 130 viven hoy en estado de miseria, de los cuales 32 millones son brasileños. Como afirma Pablo Richard, pasamos de la teoría de la dependencia para la práctica de la "prescidencia". Los países des arrollados otrora tenían intereses en nuestra mano de obra barata, en nuestra materias primas a bajo costo y en nuestro mercado. Hoy, sabemos que el consumidor potencial no es aquel que nunca tuvo carro. Es sin duda el que ya tiene uno o dos automóviles y cuya renta le permite soñar con otro más.

Si la mitad de la población de América Latina vive en condiciones de carencia de bienes esenciales para la vida, tiene sentido hablar de la "opción por los pobres" en una Iglesia encarnada en esa realidad. ¿Cómo ignorar las víctimas de la injusticia es tructural si en el Evangelio ellas son las preferidas por Jesús? La vida es el don mayor de Dios. Nadie elige privarse de bienes esenciales para la vida. Todo pobre es víctima de una situación que impide el acceso a esos bienes. Por lo tanto, la existenci a del pobre, como fenómeno colectivo, es una grave ofensa al proyecto de Dios. En Jesús, Dios asume el partido de los pobres. Escoje discípulos entre los pobres, vive con ellos, proclama que son bienaventurados, realiza milagros que matan el hambre y cura n la dolencia, afirma con gestos el derecho a la vida por encima de la letra de la ley. Alaba al Padre por esconder a los grandes lo que ha revelado a los pequeños.

El amor preferencial de Dios recae, primero, sobre esos que están injustamente involuntariamente privados de los bienes esenciales de la vida. "Derriba a los poderosos de sus tronos y enaltece a los humildes", proclama María, pronosticando el significa do de la misión de su hijo (Lc 1, 51-53). En este mundo asolado por la miseria, la Iglesia sólo puede hacerse discípula de Jesús, primero, ella se hace sierva de los pobres. De los 5 billones y 300 millones de habitantes de la Tierra, antes de cualquier o tra cosa 1.000 millones pasan hambre y 2.000 viven en la pobreza. La cifra de la carencia no es mayor gracias al socialismo chino que, a pesar de sus desmanes represivos, alimenta al menos dos veces al día 1.200 millones de personas.

Optar por los pobres como condición del seguimiento de Jesús es un criterio incuestionable del Evangelio. No hay una sola excepción. Zaqueo, para tener parte con Jesús, primero necesita reparar las injusticias cometidas contra los pobres. El hombre ric o, tan observante de los mandamientos, es rechazado y se aparta (Lc 18, 18-23). En la parábola del buen samaritano, el ejemplo de amor es cambiar el rumbo que se llevaba (= conversión, una categoría de tránsito) para socorrer aquel cuya vida corre peligro (Lc 10, 25-37). Santiago es irónico con aquellos que, piadosos, piensan pueden estar ante Dios de espaldas a los pobres: ¿de qué sirve la fe si no está comprobada por obras de justicia? (2,14-26).

Combatir las causas de la pobreza

La pobreza es un mal. Priva a las personas de la posibilidad de disfrutar del don mayor de Dios. Por eso, no hay un solo versículo en la Biblia que afirme que la pobreza es agradable a los ojos de Yavé. Si el pobre es bienaventurado es porque Dios asume su causa: la liberación de la pobreza. Todo pobre quiere dejar de serlo. Ya sea mediante su trabajo, la lotería, un milagro o el contrabando. Es un derecho del ser humano disponer de los alimentos necesarios, refugiarse de la interperie, tener acceso al sa ber y a la cultura, vivir con dignidad. Comer y beber, defenderse del frío o del calor excesivos, educar a sus hijos, sus derechos animales, a los cuales la mitad de la población de América Latina ahora no tiene acceso.

Si la pobreza es un mal, se impone buscar y remediar sus causas. Es nuestro continente las causas evidentes: el neocolonialismo, la deuda externa, el alto precio de los productos que importamos y el bajo precio de aquellos que exportamos, la falta que privatiza el Estado, privándole de los mecanismos que le permitirían favorecer los derechos de las mayorías. Es intrínsicamente nocivo un sistema que considera el lucro del capital privado por encima de los intereses colectivos. Proclamar al Dios de la vi da en América Latina, hoy, es luchar contra el capitalismo y defender un proyecto de sociedad que sea como la mesa eucarística, en la que todos tienen el mismo acceso a la comida y a la bebida, porque son compartidos los bienes de la tierra y los frutos d el trabajo humano.

Voto de compromiso con la justicia

Si debemos estirpar la causa de la pobreza, ¿tiene sentido todavía hablar de voto de pobreza? ¿No es una contradicción el voto de pobreza de los religiosos refugiados en órdenes y congregaciones ricas, viviendo en edificios suntuosos, libres de preocupaci ones como el salario, compras, deudas, costos del tratamiento de la salud o del alquiler? ¿No estaremos más cerca de los fariseos ("hagan lo que les dicen, pero no lo que ellos hacen", Mt 23, 3) que los discípulos de Jesús? ¿Qué pobreza es ésa, si nada no s falta y además gozamos el privilegio de no tener que cansarnos con el trabajo diario por el pan, por la casa, por los hijos, que absorben la vida de la mayoría de las personas?

Más bíblico y congruente con la opción por los pobres sería que hiciéramos voto de compromiso por la justicia. Por las mismas razones teológicas pastorales deberíamos también dejar de hablar del voto de castidad y voto de obediencia, para adoptar el vo to de gratuidad en el amor y voto de fidelidad comunitaria. Pero no quiero apartarme del tema de este artículo. El voto de compromiso con la justicia nos libraría de casuismos que favorecen una óptica privatizadora y subjetiva de la pobreza. Me acuerdo cu ando vivía en la favela de Santa Maria, en Votória. Religiosas que abandonaban sus colegios y se disponían a vivir junto al pueblo venían a conversar. «¿Podemos tener televisión? ¿Debe ser en blanco y negro o en color?» Pues bien, el criterio es simple y objetivo: cuando nos ponemos a comulgar con los pobres, podemos tener todo aquello que favorece esa comunión. Es conveniente evitar todo lo que crea barreras, desigualdades, envidias.

Estar comprometido con la justicia es encarnarse en el proyecto social y político de transformación de la realidad. En ese carácter evangélico el voto religioso e instituciones (como órdenes y congregaciones) se empeñan en la misma dirección. Se evita así el solipsismo evasivo del voto de pobreza para abrazar un compromiso mediatizado por los movimientos sociales, herramientas de lucha de las víctimas de la injusticia estructural. De lo contrario, nuestro voto de pobreza, cuando es tomado en serio, pue de significar una sacramentalización de la pobreza, como si la privación los bienes esenciales, como si la privatización de los bienes esenciales de la vida fuese meritoria a los ojos de Dios, incurriendo en el equívoco de las predicaciones colonialistas que justifican el "valle de lágrimas" con la promesa de mansiones y tesoros celestiales...

Evitar el romanticismo y el colonialismo

Dos riesgos deben evitarse en la opción por los pobres. Primero, el romanticismo, como si todos ellos fuesen ángeles de alas caídas. Segundo, nuestro colonialismo, como si nosotros tuviéramos en las manos las soluciones de sus problemas.

Vivir como y para los pobres es un desafío que el dominico Albert Nolan, de Africa del Sur, caracteriza es su publicación "Opción por los pobres y crecimiento espiritual" (Cf. J.M. VIGIL (coord.), La opción por los pobres, Sal Terrae, Santander 1991, pp. 89-98) Exige un desprendimiento de nuestra visión maniquea, de que todos los pobres son buenos (y los ricos malos). En el pueblo hay de todo: gente solidaria y egoísta, santos y bandidos, gente entregada y gente oportunista. Jesús optó por los p obres, no porque los pobres son buenos, sino porque son pobres. O sea, porque en ellos es negado objetivamente el don mayor de Dios Padre-Madre. Por esa misma razón somos solidarios con ellos. Y por saber que, debido a las condiciones objetivas en que se encuentran, como clase social, el interés por librarse de la pobreza puede convertirlos en agentes o sujetos políticos para la transformación de las estructuras injustas.

Conviviendo con ellos, educamos y somos educados. No basta crear lazos efectivos, como ciertos religiosos que sólo aparecen en la favela, el suburbio, el asentamiento o el barrio los días de reunión o de celebración. La opción por los pobres exige vínc ulos afectivos: saber estar, convivir, frecuentar la casa, compartir sentimientos e ideas, tener juntos momentos de ocio y distracción. Marta y María. Muchas veces, por no saber oír, caemos en el colonialismo clerical de quien cree que tiene soluciones pa ra los problemas de los pobres. Nos proponemos formar en el barrio el movimiento de mujeres sin preguntar antes si hay ya allí algún movimiento de ese tipo. Organizamos nuestra pastoral sin dar atención ecuménica a los espacios religiosos alternativos exi stentes en el lugar: pentecostales, tradicionales indígenas y africanos etc. No estamos llamados a colonizar, sino a revelar -quitar el velo- a aquello que ellos ya son y hacen, viven y piensan, para que vean y reconozcan las señales del Reino y la presen cia de Dios allí. Porque, ciertamente, Dios llegó mucho antes que nosotros cuando nos dirigimos a una nueva área de inserción. Basta abrir los ojos para ver.

Frei Betto

 

Ultima modifica Martedì 30 Novembre 1999 01:00
Fausto Ferrari

Fausto Ferrari

Religioso Marista
Area Formazione ed Area Ecumene; Rubriche Dialoghi, Conoscere l'Ebraismo, Schegge, Input

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